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El escritor latinoamericano más traducido al mandarín

El escritor latinoamericano más traducido al mandarín

Las obras completas de Jorge Luis Borges traducidas al mandarín
La tremenda aceptación de los libros de Jorge Luis Borges en China. En total hay 115 libros de argentinos traducidos a ese idioma. Leer completo
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La noche por la que muere el día

La noche por la que muere el día Ricardo Cardone

Poesía

Ediciones Ruinas Circulares

Como si tentara lo frágil de un sentimiento, la farsa de algún infierno habrá sido la causa de esta escritura, sin reparar en lo apremiante de un texto que me condenara al violento vacío.
Fueron tiempos de escritura sin temor al rechazo, con la audacia del que ignora una regla.

Creo que a partir de hoy los breves poemas que acompañan a este volumen comenzarán a morir como mariposas cada vez que alguien se detenga en la textura de sus alas con el ojo voraz de la lectura Ver completo»

Canal RSS Sobre Literatura

El destierro de la reina, de Ana Bisignani

El destierro de la reina, de Ana Bisignani


Buenos Aires, Corregidor, 2009

Por María González Rouco
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Canal RSS Autor del día

Octavio Paz

Octavio Paz

1914-1998
Mexicano México

Paz nació en la ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Hijo de una española y de un abogado mexicano con sangre india, desde su juventud sintió su personalidad como un crisol de culturas. Tras cursar sus estudios universitarios, decidió dedicarse a la literatura y en 1931 fundó la revista Barandal. Dos años después publicó su primer poemario, Luna silvestre. En 1937 Paz marchó a España para apoyar al gobierno republicano en la guerra civil y se unió a la alianza de escritores antifascistas. Tras un viaje a París, donde trató a los surrealistas, regresó a México e inició una intensa actividad cultural traducida en la fundación de las revistas Taller (1939) y El Hijo Pródigo (1943) y en la creación de grupos artísticos y teatrales. Ello no le impidió desarrollar su obra poética, con títulos como A la orilla del mundo (1942), los poemas en prosa de ¿Águila o sol? (1951) y La estación violenta (1958), mundo deslumbrante y telúrico, identificado con el espíritu del autor y expresado en un lenguaje de gran violencia expresiva, que debía tanto al surrealismo como a la mitología azteca.
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Andrés Javier Rolando

Andrés Javier Rolando

Andrés Javier Rolando nació el 20 de noviembre de 1980. Desde muy chico incursionó en el mundo artístico, siendo así que a los 7 años comenzó a recibir clases particulares de plástica.

A los 14 ingresó en el Colegio de Bellas Artes, obteniendo el título de Maestro Nacional de Dibujo en 1999. En esos años tuvo un fuerte apego al dibujo y la pintura, comenzando de este modo a volcar sus pensamientos en sus producciones.

Influenciado por la cultura Rastafari llevó su lado artístico hacia el tratamiento integral de los llamados “Dreadlocks”. Desde allí aprendió y desplegó su técnica, convirtiendo en el 2006 dicho arte en profesión al establecer el primer local especializado en el tratamiento de dreadlocks: Natural Rasta ...

Conocé más de Andrés Javier Rolando

Fotografía y plástica

Canal RSS ¿Quién lo escribió?

Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos ...
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Hacia una lectura posible Hacia una lectura posible


Es una tarea con destino incierto pretender que cualquier hecho del pasado que se precie de digno pueda cruzar las distintas barreras de las épocas ajeno a la escritura. Puede que alguna tradición oral, aquellas que legaron a nuestros padres las voces de otros abuelos, tengan suficiente peso como para evitar el olvido. Puede llegar a ser que esas mismas verdades, transmitidas de boca en boca entre el humo de un café con leche con vainillas hayan sembrado en otros niños imágenes de unos hechos que no tuvieron la suerte de haber sido escritos. Pero en todo caso esas imágenes siempre habrán de ser débiles, sometidas a algún juicio refutable, ajusticiadas con la verdad de la escritura
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Marcos Silber Marcos Silber


"Felizmente una gran cantidad de editoriales apuestan a la edición y difusión de títulos extramarketineros".

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Epigramas

1

El pagano adornó con la vida sarcófagos y urnas:
los faunos bailan alrededor; forman un grupo estridente
con el coro de bacantes; al soplar el cuerno sonoro,
el de la pata de cabra emite un sonido tosco.
Címbalos, tambores suenan; vemos y oímos el mármol.
¡Un revuelo de pájaros, qué bien le sabe al pico la fruta!
No los espanta ruido alguno, mucho menos espanta a Amor,
que disfruta de la antorcha entre la variada multitud.
Así somete la exuberancia a la muerte; y las cenizas de dentro
parecen, en la región silenciosa, disfrutar todavía de la vida.
Así, este libro que colmó de vida en abundancia
envuelve el sarcófago del poeta.

2

Apenas vi en el cielo azul el sol ardiente,
de la peña caían ricas guirnaldas en la hiedra,
vi al viñador tenaz que ataba la cepa al álamo,
y me rozó un suave viento que venía
de la cuna de Virgilio,
las musas se reunieron con su amigo,
mantuvimos una conversación deshilvanada,
como le gusta al caminante.

3

Tengo siempre a mi amada anhelante entre los brazos,
mi corazón se estrecha siempre con fuerza a su pecho,
mi cabeza se apoya siempre en sus rodillas, levanto la vista buscando su boca, sus ojos.
"¡Débil!", me diría alguien. "¿Y así pasas tus días?"
Ah, no tienes idea qué mal los paso. Escucha lo que me sucede:
para mi desgracia, le di la espalda a la única alegría de mi vida;
desde hace veinte días me lleva a rastras este coche.
Me desafían Vetturine, me halaga el tesorero,
y el criado del lugar trama mentiras y engaños.
Si quiero escapar el jefe del correo me entretiene.
Los carteros son los amos, y luego los aduaneros.
"No te entiendo, te contradices. En el paraíso estabas, al parecer,
feliz como Rinaldo".
Ah, yo me entiendo muy bien: mi cuerpo está de viaje,
pero mi espíritu reposa ahora y siempre
en el regazo de mi amada.

4

Esta es la Italia que dejé. Los caminos siguen polvorientos;
haga lo que haga, se sigue estafando al forastero.
En vano buscas la honradez alemana por todos los rincones,
aquí hay vida y estrépito, pero no hay ni orden ni disciplina.
Cada uno cuida sólo de sí mismo, desconfía de los otros, es
vanidoso. Y los gobernantes se interesan sólo por ellos mismos.
El país es hermoso; pero no volveré a encontrar a Faustina.
Esta ya no es la Italia que abandoné con dolor.

5

Acostado en la góndola pasaba entre los barcos
del Gran Canal, muchos de ellos cargados
con diversa mercancía para nuestras necesidades:
trigo, vinos y verdura, leños, así como arbustos ligeros.
Pasamos por en medio de los barcos
veloces como una flecha;
entonces un laurel perdido me rozó bruscamente las mejillas.
Yo exclamé: Dafne (4): ¿me hieres?
Más bien hubiera esperado una recompensa.
La ninfa susurró sonriendo:
los poetas no pecan mortalmente. La pena es leve.
¡Adelante!

6

Cuando veo al peregrino no puedo contener nunca las lágrimas.
¡Oh, qué felices nos hace una idea equivocada!
7

Tuve un amor a quien quise sobre todas las cosas.
Ahora ya no lo tengo.
¡Calla y soporta la pérdida!

8

Esta góndola es como una cuna: se mueve en perfecto balanceo
y el arca encima parece un ataúd espacioso.
Así está bien. Entre la cuna y el ataúd, indiferentes,
vamos flotando por el Gran Canal de la vida.

9

¿Ves al nuncio andar solemne junto al Dogo?
Entierran al señor, sellan la piedra.
No sé qué piensa el Dogo,
pero el nuncio seguro sonríe ante derroche tan serio.

10

¿Por qué se comporta así el pueblo y grita?
Quiere alimentarse, engendrar hijos y darles como pueda de comer.
Fíjate bien en esto, viajero, y haz en casa lo mismo.
Ningún hombre consigue más, por mucho que aparente.

11

Cómo tocan las campanillas los curas. Lo hacen sólo
para que la gente venga y parlotee.
No me insulten a los curas; ellos saben lo que el hombre
necesita: ser feliz parloteando todos lo días.

12

Que el sectario reúna tantos alumnos como la arena junto al mar.
La arena es la arena. Que sea mía la perla: tú, amigo juicioso.

13

Qué agradable resulta en primavera pisar con pies ligeros,
el trébol en capullo,
palpar con mano suave la lana del cordero,
ver llenas de flores las ramas que recobran la vida,
luego atraer con la mirada ardiente el follaje que reverdece.
Pero más agradable es todavía adornar
con flores los pechos de la pastora.
Ay, el mes de mayo me priva del placer de siempre.

14

Este yunque es como el país, el martillo como el príncipe
y la chapa es como el pueblo que se tuerce allí en medio.
Pobre chapa, sólo los golpes arbitrarios dan en el blanco
y el caldero parece nunca terminarse.

15

Mientras el hombre juicioso cuenta enamorados solitarios,
el fanático consigue muchos discípulos, y conmueve a la masa.
Los cuadros que hacen milagros son, por lo general, malas pinturas:
las obras del espíritu y del arte no se han hecho para la chusma.

16

Que se haga soberano quien sabe sus propios intereses,
pero nosotros elegimos al que sabe nuestros intereses.

17

La indigencia, se dice, enseña a rezar; quien quiera aprenderlo
que vaya a Italia. El forastero seguro encontrará allí indigencia.

18

Qué enorme aglomeración ante esta tienda.
Con qué diligencia se sopesa,
se cobra, se entrega la mercancía.
Aquí se vende rapé. Es decir, conocimiento de uno mismo.
El pueblo va a buscar eléboro sin receta ni médico.

19

Todo noble veneciano puede llegar a ser Dux: esto lo hace,
desde niño, distinguido, singular, reflexivo y orgulloso.
Por eso son tan finas las hostias en la Italia católica,
pues de esta misma pasta el sacerdote consagra a Dios.

20

Quietos junto al arsenal hay dos leones de la Grecia antigua;
a su lado parecen pequeños torre, puerta y canal.
Si la madre de los dioses descendiera, los leones se doblegarían
ante el carro, y ella los pondría adelante como caballos.
Pero ahora descansan tristes; el nuevo gato alado ronronea
por todas partes, y Venecia lo denomina su patrón.

21

El peregrino camina infatigable. ¿Encontrará al santo?
Va a oír y ver al hombre que hizo los milagros.
No, al santo se lo llevó el tiempo; sólo encontrarás restos,
su cráneo, algunos huesos bien guardados.
Todos somos peregrinos los que buscamos a Italia:
honramos sólo huesos dispersos, crédulos y alegres.

22

Amable te muestras hoy, Júpiter Pluvio,
pues múltiple es el regalo de esta hora:
das de beber a Venecia, vegetación verde a la tierra,
y más de un pequeño poema concedes a este librito.

23

Riega la tierra sedienta que nos envía brócoli.
Pero no empapes este libro. Que sea para mí una botellita
del más puro aguardiente, y cada quien se haga el ponche a su gusto.

24

San Juan en el Cielo se llama aquella iglesia; a Venecia le doy
con doble derecho el nombre de San Marcos en el cieno.

25

Si has visto Baia, entonces conoces el mar y los peces.
Aquí está Venecia, ahora conoces también los charcos y el sapo.

26

"¿Sigues durmiendo?" No hagas ruido y déjame descansar.
Si me despierto, ahora, ¿qué hago yo aquí? La cama es espaciosa,
pero vacía. El que reposa solo está siempre en Cerdeña,
y Tibur, amigo, está en todas partes donde la amada te despierta.

27

Han venido siempre las nueve, me refiero a las musas,
pero yo no me di cuenta, tenía a mi muchacha en el regazo.
Ahora que abandoné a mi amada, me abandonaron las musas.
He mirado confuso y de pasada buscando cuchillo y soga.
Pero el cielo alberga muchos dioses. Y tú viniste en mi ayuda,
Tedio. Se te saluda, madre de las musas.

29 ¿Cómo es la muchacha que deseo?, me preguntan.
Ya tengo la que deseo. Esto quiere decir, me parece,
mucho con poco. Andaba a la orilla del mar buscando conchas.
En eso hallé una perlita. Ahora la guardo en mi corazón.

30

He ensayado muchas cosas: dibujo, grabado en cobre,
pintura en óleo; he impreso también en arcilla varias figuras,
pero he sido inconstante, y nada aprendí ni llevé a cabo.
En un solo talento casi alcancé la perfección:
escribir en alemán. Y así echo a perder yo, desventurado poeta,
en el peor material, por desgracia vida y arte.

31

Traen niños hermosos, y mendigan con la cara cubierta:
esto es hablar con poder al corazón del hombre.
Todos desean un niño como el indigente que enseñan
y una amada como la que adivinan detrás del velo.

32

Al venir con toda prisa a mi encuentro,
¿por qué te relames los labios?
Sí, tu pequeña lengua me dice que es muy parlanchina.

33

El alemán aprende y practica todas las artes,
para todas demuestra tener talento si se dedica en serio.
Sólo un arte practica sin querer aprenderlo: la poesía.
Por eso comete tantas pifias. Amigos, lo hemos visto.

34a

Dioses, con frecuencia se declaran amigos del poeta.
Y le dan lo que precisa. No necesita grandes cosas, pero sí algunas.
En primer lugar una habitación acogedora, luego una comida aceptable,
algo bueno para beber; el alemán entiende, como vosotros, del néctar.
Una vestimenta decorosa y amigos para hablar con confianza,
por la noche una mujer amada que anhele de corazón estar con él.
Estas cinco cosas naturales las deseo antes que nada.
Denme además idiomas antiguos y nuevos,
para escuchar lo que hacen los pueblos y conocer su historia,
vuélvanme sensible a sus creaciones artísticas.
Denme prestigio ante el pueblo, influencia ante los poderosos.
Y todo lo que al ser humano le parece conveniente.
Les doy las gracias, Dioses: han formado al más feliz
de los hombres, puesto que de estas cosas me concedieron una gran parte.

34b

Entre los príncipes de Alemania, el mío es pequeño.
Su país es limitado y estrecho, apenas puede hacer algunas cosas.
Pero si cada uno aplicara su fuerza hacia adentro, hacia afuera,
qué gozo sería ser alemán entre alemanes.
Pero ¿por qué lo elogias?, sus obras y hechos lo pregonan.
Tu admiración puede parecer tal vez soborno.
Me ha dado lo que los Grandes raras veces conceden:
afecto, ocio, confianza, campos y jardín y casa.
A nadie le debo nada, sólo a él, y le debo mucho
porque, como poeta, yo entendía muy poco de ganancias.
¿Europa me ha elogiado? ¿Y qué me ha dado Europa?
Nada. He pagado muy caro mis poemas.
Alemania me imitó. Y Francia quería leerme.
Inglaterra recibió gentil al huésped trastornado.
¿De qué me sirve que incluso el chino pinte
sobre el cristal con mano temerosa a Werther y Lotte?
Ningún emperador preguntó jamás por mí, ningún rey
me hizo caso. Y sólo él fue mi Augusto y mi mecenas.

35

¿Qué es la vida de un individuo?

Sin duda, miles de personas pueden hablar
sobre el hombre, sobre lo que hizo y deshizo.
Un poema es algo menos; pero miles pueden disfrutarlo o criticarlo.
¡Amigo, sigue viviendo, sigue escribiendo poemas!

36

Me había cansado de no ver más que pinturas,
los magníficos tesoros del arte que guarda Venecia,
pues también este placer requiere ocio y descanso.
La mirada débil buscaba un estímulo vivo.
¡Farsante! Entonces vi en ti el original de los niños
encantadores, con alas, que pintara Giovanni Bellini,
con los que Paolo Veronese envía copas de vino
al novio, cuyos huéspedes engañados toman agua por vino.

37

La figurita tallada por la mano más diestra,
suave y sin esqueleto, nada en el agua como un molusco.
Todos los miembros, las articulaciones y la construcción proporcionada
se mueven a su gusto.
He conocido personas y animales, pájaros y peces,
más de un curioso reptil, maravillas de la gran Naturaleza.
Y no obstante te contemplo con asombro, Bettina, precioso encanto,
que lo eres todo al mismo tiempo, y un ángel además.

38

No pongas, linda niña, tus pequeñas piernas
en dirección al cielo; Júpiter, el bribón, te ve,
Ganimedes se preocupa.

39

Dirige tus pequeños pies al cielo sin temor.
Nosotros elevamos los brazos para rezar,
pero sin tu inocencia.

40

Tu cuello se inclina hacia un lado. ¿Un milagro?
Te soporta toda con frecuencia; tú eres ágil,
pero tu cuello es muy pesado.
No me molesta en absoluto tu cabeza inclinada.
Jamás cabeza alguna se inclinó bajo tan hermosa carga.

41

Brueghel confunde, demoníaco y sombrío,
la mirada indecisa, y entrelaza figuras
con una turbia arbitrariedad.
Durero trastorna también nuestro sano cerebro
con cuadros apocalípticos: personas y al mismo tiempo quimeras.
El poeta despierta gran curiosidad en el oído asombrado,
cantando esfinges, sirenas y centauros.
El sueño conmueve al hombre preocupado
cuando cree atrapar algo y avanzar,
pero todo transita inconstante.
De igual modo nos confunde Bettina contemplando
sus dulces miembros; pero nos llena de alegría
cuando camina con pie firme.

45

En cada rostro desaparecen las arrugas;
huyen los surcos de la fatiga, la preocupación
y la pobreza. Creo ver gente feliz.
Ante ti se ablanda el barquero y te golpea las mejillas;
tu bolsa se abre apenas, pero se abre al fin y al cabo,
y el habitante de Venecia abre su capa y te entrega algo,
como si suplicaras a voces por los milagros de San Antonio,
por las cinco heridas del Señor, el corazón de la Virgen
bienaventurada, por la tortura de fuego que barre las almas.
Todo joven barquero, ropavejero y mendigo,
se agolpa en la entrada y goza contigo: llega a ser un niño como tú.

47

"¿Qué locura padeces, holgazán? ¿Por qué no te detienes?
¿Vas a hablar en todo el libro de esta joven?
¿Por qué no entonas un canto más sensato?"
Espera, cuando comprenda su oficio mejor que ahora,
cantaré a los reyes, a los grandes de esta tierra,
mientras tanto le escribo a Bettina; impostores y poetas
se parecen mucho, les gusta buscarse y encontrarse.

50

Los apóstoles de la libertad me resultaron siempre abominables;
al final lo que buscaban era actuar a su antojo.
Si quieres liberar a muchos atrévete a servir a muchos.
¿Quieres saber qué tan peligroso es?
¡Inténtalo!

51

Se dice que los reyes quieren el bien y los demagogos también;
pero los individuos como nosotros, se equivocan.
Jamás consiguen las masas querer algo por sí mismas,
ya lo sabemos. Pero el que sepa querer por todos
que lo demuestre.

52

Todo profeta debiera ser crucificado a los treinta años.
En cuanto conoce el mundo, el bribón se transforma en mártir.

53

Que los grandes reflexionen sobre el triste destino de Francia;
no obstante, los pequeños deberían reflexionar más todavía.
Los grandes sucumbieron, pero ¿quién protegió a las masas
de las masas? Las masas se convirtieron en tiranos de las masas.

54

He vivido tiempos locos, y no me ha faltado ocasión
de enloquecerme también, como los tiempos me ordenaban.

55

"Dime, ¿no actuamos bien? Debemos engañar a la chusma.
Mira qué torpe y salvaje es, mira qué estúpida se muestra".
Te parece torpe y estúpida porque la están engañando.
Sean honestos y la chusma, créanme, será humana y sensata.

56

Los príncipes acuñan muchas veces en cobre casi plateado
su efigie inminente; el pueblo se engaña demasiado tiempo.
Los fanáticos acuñan en mentiras y sandeces el sello del espíritu;
quien carece de la piedra de toque, las considera oro molido.

57

"Esos hombres están locos",
dice la gente de los oradores apasionados que en Francia gritan
en las calles y mercados.
Yo también creo que están locos;
pero un loco en libertad pronuncia sentencias sabias,
mientras, ¡ay!, la sabiduría enmudece en el esclavo.

58

Los grandes hablaron mucho tiempo la lengua de los franceses,
apenas tomaron en cuenta a quien no la hablaba de corrido.
Ahora el pueblo balbucea encantado el idioma de los francos.
¡No enfurezcan, poderosos! Lo que desearon sucede.

59

Soy capaz de soportar muchas cosas.
Soporto casi todo lo que me fastidia,
como me lo ordena un Dios,
con ánimo tranquilo.
Muy pocas cosas me repugnan tanto
como el veneno y las serpientes,
son cuatro: el humo del tabaco,
las chinches, el ajo y la "T".

72

Si fuera una mujer de mi casa y tuviese lo que necesito,
desearía ser fiel y feliz, acariciar y besar a mi marido.
Esta canción, entre otras vulgares, me la cantó
una putilla en Venecia; jamás escuché una canción
más piadosa.

Johann Wolfgang Goethe

Epigramas venecianos ( 1796 )

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